La playa, la sal, la abuela…
La playa de La Arena se grabó en mi alma para la eternidad, y lo hizo como el verdadero paraíso en la tierra.
Si hubo días felices en mi vida, esos sucedieron abajo, junto al mar y sobre su arena.
Hay algunos pocos hechos grandiosos en la vida de un ser humano. En la mía la mayoría se acumulan en la infancia. Quizá podría hacer una excepción, cuando supe lo que era el amor. Fue también junto a ese mar. ¡Cómo lo iba a olvidar!
Ser pequeña y esperar a que llegaran días de vacaciones para poder ir a dormir a la cueva. Nada has sido nunca igual, nada lo ha superado jamás, ni el día de Reyes.
Una larga familia, desayunos llenos de gritos y algarabía, y de papas con pan frito y leche, chiquillos nervioso y ansiosos, madres atareadas pero contentas, madres jóvenes. Padres ociosos. Baños en el mar desde antes de desayunar. Sencillamente te levantabas y te lavabas la cara en el mar, y el cuerpo entero iba detrás. Nadie lo impedía. Aquello sí que era la república de los niños. Daba igual que fuera casi de madrugada. Baños después de desayunar. Baños durante toda la mañana y apurando el minuto antes de subir a comer, chorreando agua para mojar los bancos que el abuelo había fabricado con tanto esmero. Madres de flexibilidad diez, que no obligaban a digerir dos horas. Todo el día y la noche con el bañador puesto y si acaso una camiseta y un sombreo para proteger del sol. Aquel sol tan benévolo. O eso creíamos.
Deambular por la playa sin rumbo ni obligación. Recoger conchitas y cristales de colores. Buscar caparazones de erizo seco, coger cangrejos y caballitos de mar de los charcos. Preparar la pandorga y el mirafondos y coger burgados y erizos de carnada para pescar fulas y peje verdes. Esperar a la gran digestión del almuerzo para volver al agua y tirarnos desde la piedra. O esperar a que bajara la marea para poder ir a nadar al Charco Sagrero. Ese el mejor postre del día, si lográbamos ablandar a nuestras madres que nos dejaran ir.
Siempre en el agua, siempre en la arena. Siempre jugando. Siempre en libertad.
Jamás volví a lograr esa inmensa sensación de libertad y de felicidad juntas.
El futuro todo entero, el pasado inexistente, y mi abuela, raíz eterna de mí misma. Madre de mi madre. Grande. Sabia, Buena, Eterna.
Y mi abuela María aprendiendo de la vida cada día, y mi abuela enseñando. Nos guiaba a todos con exactitud y a cada uno en su corazón. Con ella sentí pertenencia, calor, incondicional aceptación. Amor.
María, mi abuela grande, fue la persona que me llevó por primera vez a la playa
del Camello y al acantilado de Guayonge.
Allí me contó lo que luego mi madre repetiría otras veces. De cómo su padre Bruno, al venir de Cuba con dinero, compró todo el barranco de Guayonge, desde el monte al mar, y como las laderas del miso eran su huerta particular y como la vida le jugó una mala pasada y tuvieron que marchar del litoral. Un terrateniente que quería comprar su parte les corto el paso del agua para los regadíos.
Pero mi abuela no se lamentaba jamás, sino que se enorgullecía de los esfuerzos por bajar el acantilado caminando que tenían que hacer, y de las muchas cebollas que cargó a sus espaldas y de la vida que abajo vivió tantos años. Allí crió a sus nueve hijos y allí eran felices a pesar del trabajo duro y de la dura vida: “¿ves, aquella casucha derruida en mitad del acantilado? Allí nos criamos nosotros, tu madre y tus tíos. Hacíamos cada merienda de pescado frito…Trabajamos mucho en las cebollas y en todo, porque era una tierra tan buena que se daba de todo. Los ñames eran de tamaño gigante porque había mucha agüita buena en la finca y todo se daba bien. Pero los Domínguez se empeñaron en comprarle la parte de finca de tu bisabuelo, y como él no era un hombre de pleitos, tuvo que vender y marcharse cuando le cortaron el agua. Pero luego nos fuimos a una finca, de medianeros, a Valle Guerra, y allí aprendí a escribir. Fíjate que yo hasta ayudaba a la señorita a enseñar a leer y a escribir a otros niños. Me gustaba mucho eso. Y luego, ya casada, era yo la que les leía las cartas a las vecinas de los maridos que fueron a la guerra. Qué pena cuando le tuve que leer a Remedios que su marido había desaparecido. No me quiero acordar. La pobre se quedó sola y con un hijo…”
Así fue como mi abuela me contó la vida que había vivido en la costa de Tacoronte y como supuse que eso la había hecho mejor persona.
Y allí me llevó una tarde de verano María, con una cesta rota y sin asas, a la que mi abuelo le había arreglado un asa postiza con unas vergas. Y con la cesta y un cucharón muy viejo y casi oxidado íbamos las dos a buscar sal.
Podemos imaginar que esto inmediatamente se convirtió en una fabulosa aventura en mi mente de niña. Las dos de la mano y ella explicando, - con esa voz suave y serena que da los años y el ser tan bella persona-, ese secreto de la naturaleza que es la sal: “ves, esos charquitos se llenan de agua del mar, y como le mar tiene sal, cuando les da mucho el sol el agua se evapora y la sal se queda en los charcos. Ahora hacemos así, ves, retiramos la primera capa de arriba, por si está sucia, con mucho cuidado de no romper la de debajo, eh, y luego con el cucharón sacamos toda la que queda en el charco. Pero sin rascar mucho el fondo para que no esté sucia ¿Ves? Ahora se pone en la cesta y ella sola se va escurriendo hasta la cueva. Anda, acércate tú a aquel charco que yo no llego bien. Así, muy bien, coge toda la limpita, no hace falta coger demasiada porque, como hay tanta, podemos volver otro día a por más, así…”
Ella no me traía la luna, ella me llevaba a la luna, y me traía a la vida.
No era que me enseñara a coger la sal de la mar, era que me miraba y me hablaba como al único ser de la tierra. Las dos solas. Era que me explicaba y me respetaba, y era que con ella aprendía a respetar y a amar todo y todo lo que hacía.
Fue una tarde de verano que descubrí los secretos de la sal, y con ella las bellezas de la playa del Camello, y fue esa tarde que me enamoré del lugar donde mi familia se forjó y donde mi abuela siempre vivirá, fresca como siempre, ligera como la brisa del mar.
Ese mar eterno de mi infancia y sin el cual no se escribiría mi vida.
Mercedes Méndez



