UN SÍNTOMA DE DECADENCIA CULTURAL DONDE NUNCA HUBO UNA VERDADERA EDAD DE ORO
Canarias es una sociedad en descomposición. Un síntoma de ello es que están surgiendo, entre los creadores, todo tipo de manifestantes que atacan a otros creadores. Varios casos tanto en cine como en literatura en los últimos meses (los iniciados ya saben a qué me refiero). A qué se puede deber que unos artistas o aspirantes a serlo ataquen furibundamente a otros. Dicen ejercer la crítica, ser justos, no responder a los intereses de ningún poder. Pero, en realidad, el campo para sus ataques furibundos está abonado por:
1) El mal uso de los recursos económicos y de influencia por parte del poder (políticos, gestores culturales), siempre bajo sospecha de clientelismo, lo cual siembra dudas sobre cualquier persona que consiga financiación para llevar a cabo una creación, o para difundir algo que ha creado, y alienta las sospechas de injusticia entre quienes no consiguen financiación pública e incluso entre los que ni siquiera se presentan, la requieren o la necesitan. 2) La propia escasez de recursos para la cultura, profundizada durante la actual crisis económica, donde el sector económico de la cultura ha recibido mayores recortes que otros sectores económicos, generando la histeria de los actores culturales, cuando no desidia, desapego o inquina hacia las instituciones. 3) La inexistencia de una crítica seria, ponderada, profunda, que ejerza su influencia por medio del conocimiento y sea capaz de determinar qué merece la pena y que no (aunque surgieran discrepancias, siempre sanas y deseables) 4) La incertidumbre que genera el cambio de paradigma en el sector de la cultura, que se deriva de la irrupción de Internet y lo digital, agravada porque, en Canarias, ni siquiera se había consolidado el anterior modelo. 5) La proliferación de creadores y agentes culturales que se encuentran marginados, sin posibilidad de participación acorde con sus expectativas y potenciales. 6) La total desidia con la que se vienen aceptando como normales o buenas aportaciones culturales más o menos mediocres, muchas veces equiparadas a otras que son excelentes. 7) Un problema propio de algunas sociedades occidentales: la proliferación de una idea falsamente relativista sobre el verdadero valor de las cosas; el todo vale. Y/o lo falsamente igualitario, cuando parece afirmarse que lo democrático es conferir a todo el mismo valor, que es "igual" el mediocre que el capaz de grandes cosas (Por ese o por otro orden).
Todo ello –pero especialmente la falta de crítica seria; de un manejo racional, justo, de los recursos; y la proliferación de marginados sin respuesta—, de pronto, está fraguando en una suerte de “lejano oeste” pre o pos democrático, un lugar sin ley, en el que empiezan a surgir los primeros forasteros, forajidos dispuestos a imponer su ley por la fuerza, despotricando del compañero, tirando de navaja para amedrentar al “civilizado”, ganándose su sitio por la fuerza, en luchas sin cuartel para obtener la propia legitimación; también surgen los primeros sheriff (ya se sabe que, en estos casos, las instituciones dan un paso atrás y lo dejan todo en manos de otro, acaso tan rápido en desenfundar como los forajidos, al que, como mucho, le entregan una pistola y le colocan una placa en el pecho.
Por supuesto, esto no es un problema que se haya producido ahora, de pronto, sino que ha sido abonado desde mucho antes, en las vacas gordas: recordemos que hay estudios sobre el sector cultural, incluso encargados por el propio Gobierno, que indican que uno de los problemas de la gestión cultural de las islas ha sido y es el clientelismo; recordemos también que en las islas no ha existido en los 20 últimos años un cuerpo crítico estable ejerciendo en los medios de comunicación, y que mucha de la gente que podría formar parte de ese cuerpo crítico se encuentra apartado de los medios, ocupado en otras cosas, por múltiples razones.
La peor consecuencia de esta situación, a mi modo de ver, es la inhibición por parte de gente que merece la pena. El empobrecimiento. En un clima así, muchos de los que podrían aportar tanto creativamente, como críticamente, como gestoramente, dan un paso atrás porque no están dispuestos a bajar a la arena y soportar la desconsideración, los codazos, las puñaladas, el debate estéril, los ninguneos y las legitimidades sin rigor. En situaciones como la que se vislumbra (en el lejano oeste) la “gente decente” permanece encerrada en casa mientras los forajidos (el sheriff suele ser un forajido con placa) desenfundan sus revólveres en la arena de las calles.
Nicolás Melini

