miércoles, 16 de junio de 2010

Llega el verano y vuelvo a la playa que nunca dejé

El verano en La Playa de la Arena: entre el recuerdo y el futuro

Como tacorontera de pura cepa, y natural de las medianías del municipio, desde donde podíamos oír algunas ocasiones el rugir del mar entrando por el barranco de Guayonge, lo de irme a la playa de la arena cuando llega el verano lo llevo clavado en el alma, y es una verdadera necesidad vital.

Todo el que lea esta frase dirá: “anda, y yo también…”, y estoy segura de que todo el que lo haya vivido con la intensidad con que mis muchos primos y yo lo vivíamos con muy pocos años, sabría describir hoy lo que supone para un niño que se pueda andar todo el día tirado por la arena y sin obligaciones concretas. Bueno quizás solamente la de cargar el agua necesaria para la comida y la higiene, que había que traer desde el Agua Dulce a nuestra cueva. No teníamos controles exhaustivos de nuestros padres, o de nuestras madres, que en definitiva eran las que estaban abajo siempre, porque los papas se iban a trabajar, o si era fin de semana o festivo se iban a mariscar o se iban a coger erizos para machacarlos y hacer cebo para el mirafondos y la pandorga, o se enredaban en echarse el vaso vino y las sardinas de aceite refrito y apestoso en la cueva de Bernabé…

Lo de verdad prohibido era ir solos a la Punta del Arrecife o al Charco Sagrero porque allí escapábamos de la mirada de los adultos. Y la verdad es que ahora que lo veo tan diferente por la subida de arena, el mar allí era antes mas peligroso, porque para empezar no se podía ni subir al Tablero sino cuando bajaba la marea. Más de una vez nos quedamos atrapados pescando pejines y tuvimos que mojarnos la ropa para salir de allí.

Un buen desayuno y al agua con los “gomaticos”, que eran las gomas de las ruedas infladas para jugar sobre ellos en el agua, o rodar dentro por la arena hasta la orilla. Como mi tío Bruno tenia un camión nos traía estos fantásticos flotadores con los que acabábamos con la piel rozada y hasta ronchada de tanto roce. Pero ningún juguete habría sido mejor en la playa.

Y mi abuelo sentado en el borde de la baranda de la cueva, sobre los bancos que él mismo fabricaba con tablas buenas, sin moverse mucho, pero en aquella sombrita del tarajal, sin perderse ni un solo percance o actividad en toda la playa, pues tenía la mejor atalaya que se puede imaginar.

Aún me parece verlo allí, oteando toda la arena y afiliado al equipo de los pequeños, organizando los ataques al enemigo, para lograr los permisos para el baño de sus nietos, frente a las negativas de las madres, por aquello de la digestión. Qué pedazo de abuelo teníamos…

Hoy, que nos llega de nuevo el calor del verano para bajar a los baños y al descanso, nos encontramos con una playa mucho más ocupada, mucho menos familiar, y mucho menos cómoda que antes, a pesar de que se ha mejorado su infraestructura en mucho. Pero he de hacer esfuerzos por comprender que esto es fruto de la propia evolución de los pueblos, y que nada impide que sigamos disfrutando de la arena como antaño.

Especialmente ahora, después de que hayamos visto peligrar esta belleza natural que nos ha tocado disfrutar, por culpa de la ambición de unos pocos que pretendían ocupar, urbanizar y privatizar una buena parte de nuestro litoral, y arruinar la bahía para el resto de tacoronteros o visitantes. Logramos parar esta demencia de la ambición y la ignorancia que exigía pan para hoy y hambre para mañana, y podemos seguir bajando al agua, al salitre y al olor a humedad salada, y al cuadro de colores de las puestas de sol en el horizonte. Al anochecer las sensaciones se multiplican en la piel y el amor surge por todos los costados, aún hoy…

Ahora solo me falta colaborar en lo que pueda para que en esta lucha por continuar disfrutando de la felicidad en nuestra querida playa de la arena, no se escatimen recursos por parte de nuestros gobernantes, como podemos percibir en estos momentos, y que logremos que los encargados de su gestión pública y del mantenimiento de este espacio tan valioso para todo el norte de la isla de Tenerife, sigan invirtiendo en tal reserva natural, aumentando los beneficios para todos.

Pero a día de hoy, y después de pedirlo varias veces a los responsables, en esta playa aun no podemos sentarnos en unos simples bancos a ver a nuestros hijos jugar o correr por la zona de juego, porque, aunque podemos presumir cada año de ostentar la bandera azul, premio a la buena gestión ambiental, no posee ni un solo banco o lugar de sombra y descanso decente para los cientos de paseantes y visitantes del lugar. Menos mal que se plantaron en su día los tarajales al borde del acantilado, porque si no te daba un soponcio del calor.

Seguiremos en ello, entre el recuerdo y el futuro, para que también nuestros niños y niñas puedan algún día hablar de lo hermoso de la Playa de la Arena y de las muchas sensaciones de felicidad que ella nos brinda, de forma tan altruista y generosa.

Y termino, que es domingo y me voy a la playa.

Mercedes Méndez, julio 2008

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